De Tepoztlán se habla con palabras como paisaje, montaña, historia, clima y tradición, que describen sus aspectos palpables más relevantes. Junto a éstos, otra serie de términos, a veces francamente opuestos, denota algo intangible pero que el visitante muy pronto percibe: magia, religiosidad, energía, ambiente, paz.



El escenario, pues, es la montaña imponente, una pirámide, un valle, un convento del siglo XVI que es Patrimonio de la Humanidad y en torno suyo un típico pueblo mexicano. Los personajes se dividen entre los que tienen aquí raíces y tradiciones de hace siglos y cierta parte de la élite intelectual que llegó buscando algo y se quedó.



La acción, finalmente, incluye el ascenso a la pirámide y la visita de museos: el arqueológico de Carlos Pellicer o el que ocupa el ex convento; la experiencia de un baño de temascal, que es una tradición prehispánica o el acercamiento a una de las múltiples escuelas de yoga y meditación; la degustación de especialidades gastronómicas tradicionales, vegetarianas o de cocina internacional; la realización de deportes de aventura como el montañismo, el paseo a caballo o en bicicleta y el recorrido de tianguis y tiendas que ofrecen artesanías que van desde características tallas en madera hasta tambores africanos y textiles de oriente.



En lo alto del cerro está la pirámide del Tepozteco, templo de un pueblo de cuya importancia nos informa el que sus enviados estuvieran entre los que recibieron a Cortés. Según la tradición, su último gobernante fue bautizado el 8 de septiembre, día de la Natividad de la Virgen, patrona del convento que los dominicos hicieron en el centro del pueblo y que sigue siendo su más alto edificio. Por su ubicación a las puertas de México, Tepoztlán conoció hechos de guerra y fue ocupado por los franceses en el siglo XIX y por Zapata en tiempos de la Revolución.



Aquí la geografía es determinante. Situado a unos 70 km de la Ciudad de México, el pueblo, de unos 20 mil habitantes, ocupa la parte alta de la planicie del estado de Morelos, cerca de Cuernavaca y está en una hondonada que sólo se abre hacia el punto por donde sale el sol. Al poniente, lo resgurada un muro de 500 metros de altura que es piedra desnuda en secas y cascada de follaje en tiempo de aguas.
 
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